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«Es
un encanto, mi escuela en el campo» .
FRANK
PEREZ (Estribillo de la Canción «Mi escuela en el Campo»)
La
Escuela al Campo
Por María Argelia Vizcaíno
Parte
I de V- Introducción
Desde el principio de la revolución dirigida por Fidel Castro (1959), en cuanto
tomaron control de todo en Cuba y decomisaron los centros educacionales
privados, se instituyó que los estudiantes tenían que participar
gratuitamente en las labores agrícolas y los llevaban «voluntarios»,
unas veces en ómnibus y otras en camiones, primero los sábados y
domingos, a los campos a recoger viandas (tubérculos) o tomates,
dependiendo del lugar y la cosecha. Esto fue para algunos como la gran
diversión estudiantil, para otros, que se daban cuenta de la presión
ejercida para obligarlos a ir, fue la gran humillación de la que jamás
imaginaron sus proporciones.
A
los primeros que se les impuso estas tareas fue a los becados. Estos
eran los estudiantes que vivían dentro de la escuela, como estaban
anteriormente «los colegios a pupilo» y que el gobierno les hizo creer
que era el benefactor al que había que rendir todo tipo de pleitesía
por agradecimiento.
Por
ese tiempo se dieron a la tarea también de crear nuevos maestros, no sólo
porque muchos se les habían escapado hacia el exilio, otros retirados o
encarcelados, sino porque había que formar al sabueso incondicional
para que inculcara los nuevos dogmas a los niños desde la edad
preescolar.
Inventaron
para embullar a los más jovencitos aquel grupo de ‘Maestros
Makarenkos’, (nombrados así en honor del pedagogo soviético Antón
Semionovitch Makarenko) que con gran publicidad los hacían subir al
Pico Turquino, (la mayor altura del país) y a recoger café en Minas de
Frío, provincia de Las Villas, para más tarde terminar la enseñanza y
la práctica, en el campamento de Tarará, donde antes de las
confiscaciones existía una de las más bellas playas privadas de la
capital, que después de este otro fracaso del castrismo, o sea los
‘Makarenkos’ —en la década de 1970— convirtieron en la Ciudad
Infantil, donde albergaban a miles de niños de enseñanza primaria, que
«premiaban» permitiéndoles asistir al casi único parque de
diversiones de esta clase que quedaba en el país (el otro, carísimo y
con colas interminables al sudoeste de La Habana, el Parque Lenin). El
gran «premio» consistía en no estar con su familia, por lo menos por
dos semanas, solamente permitían unas horas de visita los domingos. Allí
las condiciones no eran muy diferentes a las «Escuelas en el Campo»:
comida mal cocinada y deficiente, poca agua para tomar y bañarse, ambas
a temperatura ambiente y contaminada, no importaba si estaban enfermos;
predominando la falta de higiene por la escasez de todo lo elemental
para limpiar, hasta la imprescindible pasta de dientes.
«La
Escuela al Campo» y «En el Campo» —dos términos parecidos pero
diferentes que explicaremos más adelante—tenían el mismo propósito
que este parque «privado del gobierno»:
alejar a los muchachos de la influencia paternal, ya que puesta la
cortina de hierro con el exterior, y el control absoluto de todo, nadie
podría abrirle los ojos a las nuevas generaciones, así la mentira que
forjaban podían hacerla creer más rápido. Con seguridad de ahí nació
el mito de los «logros de la revolución» en el campo de la educación
y la salud. Amordazado todo medio de comunicación, nadie podía
desmentirlos. Muy pocos eran como mis padres, que al oírme repetir las
mentiras que me enseñaban repostaban con la verdad. Muchos padres creían
conveniente callarse, porque «total
si se van a quedar en Cuba, es mejor que vivan creyendo aquello»,
otros temían que los propios hijos después comentaran en las escuelas
que ellos los contradecían y las autoridades los acusaran de confabular
en contra del gobierno, como pasó en muchos casos que pagaron con la cárcel
y perdieron a sus muchachos. De todas formas, subyugados a esa infamia
perderían más rápido a sus hijos, ya que les hacían creer que a los
únicos que había que amar y obedecer era al gobierno y a su repugnante
guía.
Mucha
razón tenían aquellos padres que desesperados en los primeros años
del castrismo mandaron solos a sus hijos para los Estados Unidos bajo el
auspicio de una agencia católica, en lo que se conoce como la Operación
Pedro Pan. Aunque la «Patria Potestad» no se perdió como ellos decían,
de que le iban a quitar a sus hijos para educarlos en Rusia, sí se llevó
a efecto, en el mismo suelo patrio y delante de sus ojos; muchos padres
vieron pasivos e impotentes cómo perdieron el dominio sobre sus hijos,
que le lavaban el cerebro y convertían en sus propios enemigos.
Esto
ningún agente de Castro, ni tonto útil que pulula en este exilio puede
negármelo, porque aunque no aparece en ningún libro, puedo darle
nombres, apellidos, fechas y direcciones, de muchos de estos deplorables
casos que conocí personalmente. Los padres en Cuba castrista no pueden
decidir adonde enviarán a sus hijos a estudiar, ni podían negarse
abiertamente a que fueran a los trabajos “voluntarios” o a las
manifestaciones que convocara el gobierno, una negativa de esta índole
no sólo puede costar perder su puesto de trabajo también la tutela
directa de su muchacho, pues de ser encarcelado por manifestarse
contrario a los métodos gubernamentales, puede considerarse como un
sujeto peligroso y le costaría ser separado de su hijo hasta la mayoría
de edad o para siempre.
El
terror sembrado desde la infancia, fue la principal instrucción que
aplicaron en las escuelas y la desinformación. Porque en la enseñanza
de los gobiernos de verdadera línea autoritaria –como los
izquierdistas—se le infunde a los niños valores ideológicos para que
alcancen lo que ellos llaman Madurez Política, que en
realidad lo que pretenden es que lleguen a ser parte de una población
anestesiada, amaestrada, sometida, sin preocuparle el futuro, por el
contrario llenos de miedo ya sea a ser expulsados de su centro de
estudio o a perder el trabajo, sobre todo miedo a la cárcel y a que no
lo autoricen viajar cuando se le presente la oportunidad de salir al
exterior a trabajar, que en realidad es la única esperanza que los
sostiene.
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