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updated 08/03/04

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«Es un encanto, mi escuela en el campo» .

FRANK PEREZ (Estribillo de la Canción «Mi escuela en el Campo»)

La Escuela al Campo
Por María Argelia Vizcaíno

Parte I de V- Introducción

Desde el principio de la revolución dirigida por Fidel Castro (1959), en cuanto tomaron control de todo en Cuba y decomisaron los centros educacionales privados, se instituyó que los estudiantes tenían que participar gratuitamente en las labores agrícolas y los llevaban «voluntarios», unas veces en ómnibus y otras en camiones, primero los sábados y domingos, a los campos a recoger viandas (tubérculos) o tomates, dependiendo del lugar y la cosecha. Esto fue para algunos como la gran diversión estudiantil, para otros, que se daban cuenta de la presión ejercida para obligarlos a ir, fue la gran humillación de la que jamás imaginaron sus proporciones.

A los primeros que se les impuso estas tareas fue a los becados. Estos eran los estudiantes que vivían dentro de la escuela, como estaban anteriormente «los colegios a pupilo» y que el gobierno les hizo creer que era el benefactor al que había que rendir todo tipo de pleitesía por agradecimiento.

Por ese tiempo se dieron a la tarea también de crear nuevos maestros, no sólo porque muchos se les habían escapado hacia el exilio, otros retirados o encarcelados, sino porque había que formar al sabueso incondicional para que inculcara los nuevos dogmas a los niños desde la edad preescolar.

 Inventaron para embullar a los más jovencitos aquel grupo de ‘Maestros Makarenkos’, (nombrados así en honor del pedagogo soviético Antón Semionovitch Makarenko) que con gran publicidad los hacían subir al Pico Turquino, (la mayor altura del país) y a recoger café en Minas de Frío, provincia de Las Villas, para más tarde terminar la enseñanza y la práctica, en el campamento de Tarará, donde antes de las confiscaciones existía una de las más bellas playas privadas de la capital, que después de este otro fracaso del castrismo, o sea los ‘Makarenkos’ —en la década de 1970— convirtieron en la Ciudad Infantil, donde albergaban a miles de niños de enseñanza primaria, que «premiaban» permitiéndoles asistir al casi único parque de diversiones de esta clase que quedaba en el país (el otro, carísimo y con colas interminables al sudoeste de La Habana, el Parque Lenin). El gran «premio» consistía en no estar con su familia, por lo menos por dos semanas, solamente permitían unas horas de visita los domingos. Allí las condiciones no eran muy diferentes a las «Escuelas en el Campo»: comida mal cocinada y deficiente, poca agua para tomar y bañarse, ambas a temperatura ambiente y contaminada, no importaba si estaban enfermos; predominando la falta de higiene por la escasez de todo lo elemental para limpiar, hasta la imprescindible pasta de dientes.

«La Escuela al Campo» y «En el Campo» —dos términos parecidos pero diferentes que explicaremos más adelante—tenían el mismo propósito que este parque «privado del gobierno»: alejar a los muchachos de la influencia paternal, ya que puesta la cortina de hierro con el exterior, y el control absoluto de todo, nadie podría abrirle los ojos a las nuevas generaciones, así la mentira que forjaban podían hacerla creer más rápido. Con seguridad de ahí nació el mito de los «logros de la revolución» en el campo de la educación y la salud. Amordazado todo medio de comunicación, nadie podía desmentirlos. Muy pocos eran como mis padres, que al oírme repetir las mentiras que me enseñaban repostaban con la verdad. Muchos padres creían conveniente callarse, porque «total si se van a quedar en Cuba, es mejor que vivan creyendo aquello», otros temían que los propios hijos después comentaran en las escuelas que ellos los contradecían y las autoridades los acusaran de confabular en contra del gobierno, como pasó en muchos casos que pagaron con la cárcel y perdieron a sus muchachos. De todas formas, subyugados a esa infamia perderían más rápido a sus hijos, ya que les hacían creer que a los únicos que había que amar y obedecer era al gobierno y a su repugnante guía.

 Mucha razón tenían aquellos padres que desesperados en los primeros años del castrismo mandaron solos a sus hijos para los Estados Unidos bajo el auspicio de una agencia católica, en lo que se conoce como la Operación Pedro Pan. Aunque la «Patria Potestad» no se perdió como ellos decían, de que le iban a quitar a sus hijos para educarlos en Rusia, sí se llevó a efecto, en el mismo suelo patrio y delante de sus ojos; muchos padres vieron pasivos e impotentes cómo perdieron el dominio sobre sus hijos, que le lavaban el cerebro y convertían en sus propios enemigos.

 Esto ningún agente de Castro, ni tonto útil que pulula en este exilio puede negármelo, porque aunque no aparece en ningún libro, puedo darle nombres, apellidos, fechas y direcciones, de muchos de estos deplorables casos que conocí personalmente. Los padres en Cuba castrista no pueden decidir adonde enviarán a sus hijos a estudiar, ni podían negarse abiertamente a que fueran a los trabajos “voluntarios” o a las manifestaciones que convocara el gobierno, una negativa de esta índole no sólo puede costar perder su puesto de trabajo también la tutela directa de su muchacho, pues de ser encarcelado por manifestarse contrario a los métodos gubernamentales, puede considerarse como un sujeto peligroso y le costaría ser separado de su hijo hasta la mayoría de edad o para siempre.

El terror sembrado desde la infancia, fue la principal instrucción que aplicaron en las escuelas y la desinformación. Porque en la enseñanza de los gobiernos de verdadera línea autoritaria –como los izquierdistas—se le infunde a los niños valores ideológicos para que alcancen lo que ellos llaman Madurez Política, que en realidad lo que pretenden es que lleguen a ser parte de una población anestesiada, amaestrada, sometida, sin preocuparle el futuro, por el contrario llenos de miedo ya sea a ser expulsados de su centro de estudio o a perder el trabajo, sobre todo miedo a la cárcel y a que no lo autoricen viajar cuando se le presente la oportunidad de salir al exterior a trabajar, que en realidad es la única esperanza que los sostiene.