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«Esta
es la nueva escuela, esta es la nueva casa...»
SILVIO
RODRIGUEZ (Fragmento de la canción dedicada a la Escuela en el Campo)
La
Escuela al Campo
Por María Argelia Vizcaíno
Parte
II de V- La Primera Vez.
Son
varios testigos
los que hemos entrevistado para poder escribir esta Estampa, porque no
he encontrado ningún libro que diga nada en absoluto de este otro
horror del sistema comunista cubano: La Escuela al Campo, y en el
campo. Desde luego, comparado a tanto genocidio vivido en la patria
de Martí, éste pasa como un caso sin importancia sin embargo, sí la
tiene, por tratarse de la niñez y todo lo que esta conlleva. En el
extraordinario libro Cuba: Mito o realidad, del Dr. Juan Clark --donde
único encontré algo al respecto--se trata someramente y no está
incluida en el capítulo de los métodos de represión.
Al
principio, comenzaron a llevar a la agricultura algunas escuelas
escogidas, por una semana, después aumentaron a dos semanas,
seguidamente un mes, hasta llegar a establecer para todo el sistema
escolar de la nación, 45 días para la secundaria y 3 meses para los
Preuniversitarios (del 10mo. al 12vo. grado).
Me
contó mi amigo Tony Graells, quien fue de los primeros en asistir al
principio como alumno (1964-65) y después como maestro, que en su
inicio le tocó ir, cuando apenas era un adolescente imberbe, al
Municipio de Ariguanabo, con la Escuela Secundaria Felipe Poey, anexa a
la Universidad de La Habana. Después de un largo viaje, como de
costumbre bien desorganizado, llegaron al albergue: un establo de
vacas, que lo único que habían hecho era barrer el estiércol que
yacía en el piso de tierra por años, poniéndole encima un poco de
hierba molida que suavizaba el desagradable mal olor. De los horcones
que sujetaban el viejo y agujereado techo de guano de palma real, hacia
unas barandas, amarraron las hamacas de saco de yute para poder dormir.
Las paredes no existían, así que en los días siguientes tuvieron que
cubrir el local con otros sacos —el único material que tenían—
para poder soportar un poco el frío. Y como era frecuente, después de
tan largo e incómodo viaje, allí no había comida. Las noches fueron
bien desagradables sin electricidad, con unos pocos faroles chinos de
queroseno, que con tanta oscuridad se hacía impotente la poca luz que
brindaban, para colmo, la madre naturaleza se empeñó en castigarlos más,
enviándoles un fuerte aguacero de los que dan comienzo al invierno, así
que amanecieron hambrientos y mojados.
El
desayuno consistía en un pedazo de pan frío con un cucharón de leche
en polvo caliente mezclada con algo parecido al café, que servían en
un jarrito de aluminio que cada cual tenía que llevar, sino no tomaba
nada. Después, los montaban en unos camiones rusos sin asientos y sin
techo para encaminarlos al campo de cultivo. Unas veces a recoger papas,
otras, a guataquear campos de caña. Con ellos cargaban tres tanques de
latón de 55 galones con agua (del tiempo y sin filtrar) para beber.
A
la hora de almuerzo, como no había comedor, iba un camión hasta el
lugar de labor, sacaba unos tambuches de aluminio con el alimento: arroz
siempre sucio, chícharo con gorgojos, un pedazo de boniato o papa
sancochados y un aporreado de carne rusa de lata, unas veces de puerco y
otras de res. El menú no variaba, además de ser de la peor calidad y
estar mal condimentado. Sin mucha diferencia con los que repartían a
los que padecían el
Servicio Militar Obligatorio y las cárceles (sé que ésto algunos que
no vivieron la barbarie de estos años, no me lo van a creer, aunque en
la cárcel para los políticos, con seguridad era mucho peor). Cada cual
tenía su «blue plate» (una especie de bandeja de aluminio con
compartimientos), se hacía la «infaltable» cola para recibir aquello
a temperatura ambiente, a veces medio descompuesto por el calor y la
humedad, y se sentaban en una piedra, debajo de un arbusto, si lo
encontraban, o donde pudieran. Muchas veces la comida no alcanzaba para
los últimos, otras veces le servían muy poco a los primeros y los últimos
cogían «reenganche» (doble).
Cuando
regresaban, cansados, hambrientos, quemados por el intenso sol caribeño,
sucios, desesperados por un baño, había que esperar su turno pues era
por el número de su brigada y albergue donde estaban ubicados para
dormir. Allí en ese inhóspito y apartado lugar, —como eran todas las
escuelas al campo— aprovecharon las turbinas de agua del Batey (que
era el motor que halaba el agua del pozo hacia fuera), pusieron unos
sacos de yute para darles un poco de privacidad, y mediante una llave,
un fuerte chorro de agua les caía desde arriba, no importaba a cuantos
grados estuviera la temperatura exterior, siempre el agua estaba fría.
Con
todo en tan precarias condiciones es de esperar que los servicios
sanitarios estuvieran iguales. Se componía de cuatro sacos de yute en
forma de cubículo, con un cajón de madera en el piso para poner los
pies y un hueco para que cayera el excremento.
El
inicio de llevar la escuela al campo no varió mucho de los años que
siguieron, excepto que antes dividían el tiempo en dar clases y
trabajar, después solamente no sólo se trabajaba y no se estudiaba,
sino que las metas a cumplir las hicieron más fuertes y se presionaba más
para que todos los estudiantes asistieran.
Aunque la economía agraria del país se afectó seriamente en parte por
estos inexpertos agricultores, el trabajo ideológico sí surtió efecto,
tanto, que muchos hoy en el exilio que dicen ser anticomunistas todavía
están sufriendo por su materia gris dañada, que los convirtieron en No
Pensantes, incapaces de comprender el verdadero sentido de
la democracia, sin atreverse a objetar, con miedo a encontrar
otras opiniones contrarias, y lo peor, confundidos creyendo todavía las
historietas que les inculcaron de “las maravillas de la educación y
la medicina con Castro”, incapaces de buscar la verdad absoluta por sí
mismos. Todavía creen que la educación que le dieron fue gratis, para
ellos no cuenta todo lo que los explotaron en las escuelas al campo.
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