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updated 08/03/04

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«Esta es la nueva escuela, esta es la nueva casa...»

SILVIO RODRIGUEZ (Fragmento de la canción dedicada a la Escuela en el Campo)

La Escuela al Campo
Por María Argelia Vizcaíno

Parte II de V- La Primera Vez.

 Son varios testigos los que hemos entrevistado para poder escribir esta Estampa, porque no he encontrado ningún libro que diga nada en absoluto de este otro horror del sistema comunista cubano: La Escuela al Campo, y en el campo. Desde luego, comparado a tanto genocidio vivido en la patria de Martí, éste pasa como un caso sin importancia sin embargo, sí la tiene, por tratarse de la niñez y todo lo que esta conlleva. En el extraordinario libro Cuba: Mito o realidad, del Dr. Juan Clark --donde único encontré algo al respecto--se trata someramente y no está incluida en el capítulo de los métodos de represión.

 Al principio, comenzaron a llevar a la agricultura algunas escuelas escogidas, por una semana, después aumentaron a dos semanas, seguidamente un mes, hasta llegar a establecer para todo el sistema escolar de la nación, 45 días para la secundaria y 3 meses para los Preuniversitarios (del 10mo. al 12vo. grado).

 Me contó mi amigo Tony Graells, quien fue de los primeros en asistir al principio como alumno (1964-65) y después como maestro, que en su inicio le tocó ir, cuando apenas era un adolescente imberbe, al Municipio de Ariguanabo, con la Escuela Secundaria Felipe Poey, anexa a la Universidad de La Habana. Después de un largo viaje, como de costumbre bien desorganizado, llegaron al albergue: un establo de vacas, que lo único que habían hecho era barrer el estiércol que yacía en el piso de tierra por años, poniéndole encima un poco de hierba molida que suavizaba el desagradable mal olor. De los horcones que sujetaban el viejo y agujereado techo de guano de palma real, hacia unas barandas, amarraron las hamacas de saco de yute para poder dormir. Las paredes no existían, así que en los días siguientes tuvieron que cubrir el local con otros sacos —el único material que tenían— para poder soportar un poco el frío. Y como era frecuente, después de tan largo e incómodo viaje, allí no había comida. Las noches fueron bien desagradables sin electricidad, con unos pocos faroles chinos de queroseno, que con tanta oscuridad se hacía impotente la poca luz que brindaban, para colmo, la madre naturaleza se empeñó en castigarlos más, enviándoles un fuerte aguacero de los que dan comienzo al invierno, así que amanecieron hambrientos y mojados.

 El desayuno consistía en un pedazo de pan frío con un cucharón de leche en polvo caliente mezclada con algo parecido al café, que servían en un jarrito de aluminio que cada cual tenía que llevar, sino no tomaba nada. Después, los montaban en unos camiones rusos sin asientos y sin techo para encaminarlos al campo de cultivo. Unas veces a recoger papas, otras, a guataquear campos de caña. Con ellos cargaban tres tanques de latón de 55 galones con agua (del tiempo y sin filtrar) para beber.

 A la hora de almuerzo, como no había comedor, iba un camión hasta el lugar de labor, sacaba unos tambuches de aluminio con el alimento: arroz siempre sucio, chícharo con gorgojos, un pedazo de boniato o papa sancochados y un aporreado de carne rusa de lata, unas veces de puerco y otras de res. El menú no variaba, además de ser de la peor calidad y estar mal condimentado. Sin mucha diferencia con los que repartían a los que padecían  el Servicio Militar Obligatorio y las cárceles (sé que ésto algunos que no vivieron la barbarie de estos años, no me lo van a creer, aunque en la cárcel para los políticos, con seguridad era mucho peor). Cada cual tenía su «blue plate» (una especie de bandeja de aluminio con compartimientos), se hacía la «infaltable» cola para recibir aquello a temperatura ambiente, a veces medio descompuesto por el calor y la humedad, y se sentaban en una piedra, debajo de un arbusto, si lo encontraban, o donde pudieran. Muchas veces la comida no alcanzaba para los últimos, otras veces le servían muy poco a los primeros y los últimos cogían «reenganche» (doble).

 Cuando regresaban, cansados, hambrientos, quemados por el intenso sol caribeño, sucios, desesperados por un baño, había que esperar su turno pues era por el número de su brigada y albergue donde estaban ubicados para dormir. Allí en ese inhóspito y apartado lugar, —como eran todas las escuelas al campo— aprovecharon las turbinas de agua del Batey (que era el motor que halaba el agua del pozo hacia fuera), pusieron unos sacos de yute para darles un poco de privacidad, y mediante una llave, un fuerte chorro de agua les caía desde arriba, no importaba a cuantos grados estuviera la temperatura exterior, siempre el agua estaba fría.

 Con todo en tan precarias condiciones es de esperar que los servicios sanitarios estuvieran iguales. Se componía de cuatro sacos de yute en forma de cubículo, con un cajón de madera en el piso para poner los pies y un hueco para que cayera el excremento.

El inicio de llevar la escuela al campo no varió mucho de los años que siguieron, excepto que antes dividían el tiempo en dar clases y trabajar, después solamente no sólo se trabajaba y no se estudiaba, sino que las metas a cumplir las hicieron más fuertes y se presionaba más para que todos los estudiantes asistieran.

Aunque la economía agraria del país se afectó seriamente en parte por estos inexpertos agricultores, el trabajo ideológico sí surtió efecto, tanto, que muchos hoy en el exilio que dicen ser anticomunistas todavía están sufriendo por su materia gris dañada, que los convirtieron en No Pensantes, incapaces de comprender el verdadero sentido de  la democracia, sin atreverse a objetar, con miedo a encontrar otras opiniones contrarias, y lo peor, confundidos creyendo todavía las historietas que les inculcaron de “las maravillas de la educación y la medicina con Castro”, incapaces de buscar la verdad absoluta por sí mismos. Todavía creen que la educación que le dieron fue gratis, para ellos no cuenta todo lo que los explotaron en las escuelas al campo.