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updated 08/03/04

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«El objeto de la educación no es hacer máquinas sino personas»

PAUL JANET

La Escuela al Campo
Por María Argelia Vizcaíno

Parte IV de V - Mi experiencia personal.

 En el mes de octubre de 1968, fui con mi escuela (Secundaria Básica Enrique Hart, de Guanabacoa) al campo. Me unía a un grupo de mis amigas que se iban del país por el «Puente de la Libertad», porque decían que si no cumplían con las labores agrícolas no las dejarían irse, y aunque la salida definitiva de mi familia tuvimos que renunciarla, porque a mi hermano no lo dejaban emigrar al tener la edad militar, pensé en el futuro.

 Nos mandaron en ómnibus a San Nicolás de Bari. El campamento de los varones se llamaba «La Tinaja» y como un kilómetro más adentro, el nuestro: «Guadalupe». Me tocó el albergue #4 y la brigada #7, la de las «burguesitas», como solían decirnos porque sabían que casi todas éramos «gusanas» (anticomunistas) que nos queríamos ir del país.

 Mi escuela tuvo la «suerte» de caer en un campamento que construyeron para el Servicio Militar Obligatorio los mismos reclutas y contaba con paredes de bloque, techo de fibrocemento con sus goteras para refrescar y las hendijas en el alero, para que las ranas y los ratones pudieran convivir con nosotras, además de que corriera el aire y entrara agua cuando llovía, aunque tenía ventanas de persianas de madera, casi todas rotas, que el aire y la lluvia las traspasaba.

 El baño ‘sólo para bañarse’ era de «lujo», porque contaba con paredes de ladrillo, igualmente con huecos en el techo para poder enfriarnos con la temperatura ambiente. En esa época ya no existían las cortinas ni de saco de yute, y algunos tubos a imitación de duchas o regaderas no funcionaban, por eso había que hacer las popularmente llamadas  «duchas portátiles»: un cubo de agua siempre fría con una latica. El piso era de concreto como el del albergue, pero los tragantes siempre tupidos imitaban una pequeña poceta que hacía muy difícil que los pies quedaran bien limpios. El baño ‘para las necesidades fisiológicas’ es cosa aparte, pero a diferencia de los primeros años contaba con paredes de ladrillo y piso de cemento, pero sin agua corriente, sin electricidad como todo allí, sin papel higiénico y sin tasa donde sentarse desde luego, los animales no necesitan mucho más y los esclavos no pueden protestar por sus derechos humanos violados, mucho menos los niños indefensos que no sabían qué era éso y veían normal estas condiciones.

 Allí en ninguna parte había electricidad, y los faroles que asignaron no eran suficiente, así que se turnaban y todos las noches quedaba uno de los albergues oscuros, sin la alternativa de algún sustituto, porque ya en las tiendas no vendían linternas ni baterías, así que pronto aprendimos a ver como los gatos, sin perder el miedo que esto produce, y para ir a las letrinas, que estaban retiradas, nos reuníamos un grupo y alguna maestra nos acompañaba.

 A medida que pasaban los días, habían menos maestras (ellas inventaban una excusa, se valían de algún certificado médico de un padre o un hijo enfermo o de que no tenían quién se lo cuidara y se iban definitivamente, sólo quedaban al final de la jornada, las simpatizantes del gobierno, las que no tenían excusas o las más cobardes que temían una represalia). Así que ideamos una lata de dulce vacía para en la noche hacer lo de mayor prioridad. Lo otro costó a la mayoría, semanas de estreñimiento.

 El trabajo consistía en la recogida de malanga y la siembra de ajo (que no vendían a la población, por lo que las muchachitas se los robaban como podían para dárselos a su familia el domingo, día de visita). Yo no pude ir a trabajar la tierra, porque tenía un certificado médico que me impedía hacer esfuerzos físicos por tener una lesión cardíaca debido a una fiebre reumática que no me detectaron los médicos de la revolución. Así que me ubicaron junto a otras en situación parecida, en las tareas del campamento.

 La primera semana me tocó en la cocina y el trabajo era tan duro como en el campo. Eramos las primeras en levantarnos y las últimas en acostarnos. Había que servir el desayuno, leche en polvo hirviendo con sabor a chocolate y el pedacito de pan zocato. Después fregar, picar los plátanos verdes del almuerzo, que inexplicablemente siempre quedaban duros, escoger aquel arroz que no se sabía si había granos entre tantos gorgojos y gusanos, total mezclados con la carne rusa se iban confundiendo, así que optamos por quitar las pelotas pegajosas más grandes que hacían los gorgojos, sino, no acabábamos nunca o no quedaba arroz. En lo que la comida la cocinaban los guajiros que vivían en el batey, teníamos que limpiar la cocina y el comedor que al menos contaba con bancos y mesas, y preparar todo para almorzar rapidito, para después servir a las demás que llegaban del campo extenuadas y quemadas. Al finalizar el almuerzo, teníamos que fregar las bandejas y volver a escoger el arroz con «proteínas» de la cena o la harina de maíz que venía en las mismas condiciones, y picar los plátanos siempre verdes y duros. Los 45 días el mismo menú.

 Por suerte para mí, en la noche fregaban las bandejas las muchachitas que estaban de castigo, por no cumplir las metas del día, buscar pleitos con otra o faltarle el respeto a las maestras, entonces podía irme con las demás a descansar, a cantar en la oscuridad, a hacer cuentos o alguna maldad propia de la edad.

 La segunda semana me tocó en la brigada de la limpieza de los albergues, que tragaba mucho polvo al barrerlo y me dolía la garganta después, también la espalda, de cargar tantos cubos de agua para el baldeo del piso de concreto. Las últimas semanas me mandaron a limpiar las letrinas, el más desagradable de todos los trabajos, pero que yo prefería porque requería poco esfuerzo y era al que menos horas había que dedicarle.

 Muchos de los que fuimos al campo con la escuela cuando éramos adolescentes por querer abandonar el país, llegamos a Estados Unidos largo tiempo después, casadas, con hijos, como le pasó a Dalia Piquera, Maritza Cabrera y a mí, cuando ya no exigían este requisito para emigrar.