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«El
objeto de la educación no es hacer máquinas sino personas»
PAUL
JANET
La
Escuela al Campo
Por María Argelia Vizcaíno
Parte
IV de V - Mi experiencia personal.
En el mes de
octubre de 1968, fui con mi escuela (Secundaria Básica Enrique Hart, de
Guanabacoa) al campo. Me unía a un grupo de mis amigas que se iban del
país por el «Puente de la Libertad», porque decían que si no cumplían
con las labores agrícolas no las dejarían irse, y aunque la salida
definitiva de mi familia tuvimos que renunciarla, porque a mi hermano no
lo dejaban emigrar al tener la edad militar, pensé en el futuro.
Nos
mandaron en ómnibus a San Nicolás de Bari. El campamento de los
varones se llamaba «La Tinaja» y como un kilómetro más adentro, el
nuestro: «Guadalupe». Me tocó el albergue #4 y la brigada #7, la de
las «burguesitas», como solían decirnos porque sabían que casi todas
éramos «gusanas» (anticomunistas) que nos queríamos ir del país.
Mi
escuela tuvo la «suerte» de caer en un campamento que construyeron
para el Servicio Militar Obligatorio los mismos reclutas y contaba con
paredes de bloque, techo de fibrocemento con sus goteras para refrescar
y las hendijas en el alero, para que las ranas y los ratones pudieran
convivir con nosotras, además de que corriera el aire y entrara agua
cuando llovía, aunque tenía ventanas de persianas de madera, casi
todas rotas, que el aire y la lluvia las traspasaba.
El
baño ‘sólo para bañarse’ era de «lujo», porque contaba con
paredes de ladrillo, igualmente con huecos en el techo para poder
enfriarnos con la temperatura ambiente. En esa época ya no existían
las cortinas ni de saco de yute, y algunos tubos a imitación de duchas
o regaderas no funcionaban, por eso había que hacer las popularmente
llamadas «duchas portátiles»:
un cubo de agua siempre fría con una latica. El piso era de concreto
como el del albergue, pero los tragantes siempre tupidos imitaban una
pequeña poceta que hacía muy difícil que los pies quedaran bien
limpios. El baño ‘para las necesidades fisiológicas’ es cosa
aparte, pero a diferencia de los primeros años contaba con paredes de
ladrillo y piso de cemento, pero sin agua corriente, sin electricidad
como todo allí, sin papel higiénico y sin tasa donde sentarse desde
luego, los animales no necesitan mucho más y los esclavos no pueden
protestar por sus derechos humanos violados, mucho menos los niños
indefensos que no sabían qué era éso y veían normal estas
condiciones.
Allí
en ninguna parte había electricidad, y los faroles que asignaron no
eran suficiente, así que se turnaban y todos las noches quedaba uno de
los albergues oscuros, sin la alternativa de algún sustituto, porque ya
en las tiendas no vendían linternas ni baterías, así que pronto
aprendimos a ver como los gatos, sin perder el miedo que esto produce, y
para ir a las letrinas, que estaban retiradas, nos reuníamos un grupo y
alguna maestra nos acompañaba.
A
medida que pasaban los días, habían menos maestras (ellas inventaban
una excusa, se valían de algún certificado médico de un padre o un
hijo enfermo o de que no tenían quién se lo cuidara y se iban
definitivamente, sólo quedaban al final de la jornada, las
simpatizantes del gobierno, las que no tenían excusas o las más
cobardes que temían una represalia). Así que ideamos una lata de dulce
vacía para en la noche hacer lo de mayor prioridad. Lo otro costó a la
mayoría, semanas de estreñimiento.
El
trabajo consistía en la recogida de malanga y la siembra de ajo (que no
vendían a la población, por lo que las muchachitas se los robaban como
podían para dárselos a su familia el domingo, día de visita). Yo no
pude ir a trabajar la tierra, porque tenía un certificado médico que
me impedía hacer esfuerzos físicos por tener una lesión cardíaca
debido a una fiebre reumática que no me detectaron los médicos de la
revolución. Así que me ubicaron junto a otras en situación parecida,
en las tareas del campamento.
La
primera semana me tocó en la cocina y el trabajo era tan duro como en
el campo. Eramos las primeras en levantarnos y las últimas en
acostarnos. Había que servir el desayuno, leche en polvo hirviendo con
sabor a chocolate y el pedacito de pan zocato. Después fregar, picar
los plátanos verdes del almuerzo, que inexplicablemente siempre
quedaban duros, escoger aquel arroz que no se sabía si había granos
entre tantos gorgojos y gusanos, total mezclados con la carne rusa se
iban confundiendo, así que optamos por quitar las pelotas pegajosas más
grandes que hacían los gorgojos, sino, no acabábamos nunca o no
quedaba arroz. En lo que la comida la cocinaban los guajiros que vivían
en el batey, teníamos que limpiar la cocina y el comedor que al menos
contaba con bancos y mesas, y preparar todo para almorzar rapidito, para
después servir a las demás que llegaban del campo extenuadas y
quemadas. Al finalizar el almuerzo, teníamos que fregar las bandejas y
volver a escoger el arroz con «proteínas» de la cena o la harina de
maíz que venía en las mismas condiciones, y picar los plátanos
siempre verdes y duros. Los 45 días el mismo menú.
Por
suerte para mí, en la noche fregaban las bandejas las muchachitas que
estaban de castigo, por no cumplir las metas del día, buscar pleitos
con otra o faltarle el respeto a las maestras, entonces podía irme con
las demás a descansar, a cantar en la oscuridad, a hacer cuentos o
alguna maldad propia de la edad.
La
segunda semana me tocó en la brigada de la limpieza de los albergues,
que tragaba mucho polvo al barrerlo y me dolía la garganta después,
también la espalda, de cargar tantos cubos de agua para el baldeo del
piso de concreto. Las últimas semanas me mandaron a limpiar las
letrinas, el más desagradable de todos los trabajos, pero que yo prefería
porque requería poco esfuerzo y era al que menos horas había que
dedicarle.
Muchos
de los que fuimos al campo con la escuela cuando éramos adolescentes
por querer abandonar el país, llegamos a Estados Unidos largo tiempo
después, casadas, con hijos, como le pasó a Dalia Piquera, Maritza
Cabrera y a mí, cuando ya no exigían este requisito para emigrar.
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