CUBA EN LA ENCRUCIJADA
Miami, diciembre 4 de 1998
Sr. José María Aznar
Presidente del Gobierno Español
Palacio de la Moncloa
Madrid, España
Excelentísimo Señor:
Los dirigentes de las organizaciones políticas de exiliados que suscribimos esta
carta, estimamos que en su conjunto, ellas representan la mayoría del exilio cubano, de
ese exilio que trabaja y se esfuerza todos los días por lograr la única solución
aceptable para la cuestión de Cuba: su regreso al Estado de Derecho y a la vida pacífica
y democrática. Y hemos acordado dirigirnos a Su Excelencia por los grave problemas que
más abajo se mencionan.
Dado el hecho de que vivimos en contacto con la resistencia interna de la Isla y
conocemos sus sentimientos y cuanto piensan sobre el futuro de Cuba, estimamos tener un
mandato implícito de nuestro pueblo para trabajar en su provecho, clamar por sus
intereses y enfrentarnos también a aquellos Poderes que no contribuyen o no desean
contribuir a que el problema cubano se resuelva. Estamos hartos de que el mundo y sobre
todo las democracias occidentales, ignoren las desgracias del pueblo cubano y hasta se
aprovechen de la ruina política y moral de la Isla.
Hoy por hoy, tal como vemos las cosas, y tal como ellas nos afectan, España es uno de
esos Poderes que ignore las desgracias de Cuba, a pesar de las manifestaciones de buena
voluntad de su gobierno En política, como en todo el reino de la vida práctica, no se
puede ser y no ser al mismo tiempo. No se puede alimentar con inversiones y
financiamientos a corto y a largo plazo la economía en perpetua asfixia de Fidel Castro,
y proclamar que se esta contribuyendo con ello a la transición pacífica hacia la
democracia de un gobierno totalitario que niega todos los días el propósito de cambio y
los compromisos al respecto en los foros internacionales, vulnerando con escándalo de
todas Las personas de principios, los derechos humanos en la Isla. La doble moral con que
actúa España y muchos españoles, cuando por un lado ayudan económicamente a Castro, en
tanto que por otro, defienden sólo de palabra la causa de la democracia, que es la de los
exiliados, es sencillamente inaceptable. Después de las imprudentes manifestaciones del
Sr. Fraga Iribarne en Cuba, y de la falta de respuesta pública y concreta del Sr. Castro
a la petición en la Habana del Sr. Matutes para que busque una solución
democrática a la crisis cubana, ha llegado el momento en que las cosas deben ponerse en
su lugar.
Lo peor de la conducta del gobierno español, es que actúa de manera de legitimar el
régimen de Castro. Ha recibido al sátrapa con las mismas consideraciones que se otorgan
a los hombres de gobierno de los países democráticos, le hace la distinción de
invitarlo al Palacio de La Moncloa y negocia la visita del Rey, el Jefe del Estado
Español, a la Isla esclavizada. Castro no representa la voluntad legítimamente expresada
del pueblo de Cuba, y tal parece que el Gobierno Español se esfuerza en ignorarlo. El
totalitarismo rampante no puede ser confundido con la legitimidad política de una
democracia.
Algo llama por otra parte la atención; alga que no puede escapar a la perspicacia de
los estadistas españoles : Castro se burla de hecho y de palabra de cuantas
consideraciones recibe de los gobiernos y Jefes de Estado en sus relaciones con otros
países y en los foros internacionales como representante putativo del pueblo cubano. No
es necesario recordar a Su Excelencia, que es un hombre de buena memoria, las
manifestaciones ofensivas de Castro al pueblo español y a la dignidad del Rey con motivo
de la celebración del Centenario del Descubrimiento. Para el alma encanallada no existe
el respeto de las formas. Cuando a él no le convenga un funcionario español o un
inversionista --y ya lo ha hecho--, lo sacará a puntapié de la Isla. El, Castro, se ha
situado siempre por encima del ordenamiento jurídico de su propio país, de las formas
protocolares y hasta del orden internacional , que ha alterado con su constante
intromisión en la vida de otros Estados, llegando hasta el cinismo de justificarlo.
Quien se respete a si mismo no puede tomar en serio a un aventurero, pero tal parece
que los hombres de gobierno de la hoy democrática España se sienten bien en sus
relaciones con este charlatán, y le otorgan respetabilidad. Indigna ver a los Jefes de
Estado y de Gobierno de los países democráticos estrechar la mano ensangrentada de un
genocida que tiene en su haber mas de 5O,OOO muertos, entre los que se cuentan mujeres y
niños inocentes como los del remolcador "13 de Marzo"; de un delincuente
inveterado que no respeta el asilo político, ni la extraterritorialidad de las embajadas
extranjeras, ni las aguas internacionales para perseguir a quienes se le oponen; de un
acusado por la prensa norteamericana como traficante te drogas, y a quien, por
considerársele un loco, nadie se atreve a tocar por temor a la represalia incontrolada o
a que desate una catástrofe, como la que intentó con la Crisis de los Cohetes, o
conspire o fomente la conspiración o la guerrilla dentro de los países con los cuales
mantiene, siempre aparentemente, relaciones amistosas. Los cubanos de Miami recordamos las
palabras de Su Excelencia cuando nos visitó antes de llegar al gobierno. Creímos que un
nuevo gobierno en España, sin compromisos con la izquierda desvergonzada que distinguimos
de la que es realmente democrática, pondría a Castro en su lugar y se ganaría al menos
el respeto de los hombres de principios y de los exiliados amantes de las libertades
públicas. Tal parece que nos hemos equivocado
Pero hay algo en lo que los cubanos del exilio no nos hemos equivocado: en la
convicción de que la plaza de Miami - puerta de entrada del mercado hispano en los
Estados Unidos-- es más importante para España desde el punto de vista económico y
financiero que la Cuba de Castro. Muchos cubanos estamos reaccionando con ira ante la
conducta del Gobierno español. La frustración, muy justificada, nos lleva a un
enfrentamiento con los intereses españoles locales; un enfrentamiento que estamos
tratando de evitar, pero que no excusaremos si lo demandan las circunstancias. Lo que esta
en juego es la libertad de nuestro país, y España no debe olvidar nuestra voluntad
política: Libramos contra ella una guerra de treinta años (1868-1898) hasta que se vio
obligada a salir de la Isla. Si no hay una retirada de Cuba a tiempo, los negocios
inversiones españolas en Miami sufrirán las consecuencias, y mañana en la Isla
enfrentaran un serio cuestionamiento de legitimidad por haber tratado con autoridades
ilegítimas, por el daño político que hacen a la democracia cubanas, por el uso y abuso
de las propiedades robadas, por su innegable colaboración con un gobierno totalitario en
la creación de un "apartheid" en la Isla; por la explotación, de acuerdo con
Castro, del obrero cubano; y por el fomento de un turismo indeseable que va a la Isla con
el propósito de una complacencia sexual que lastima la sensibilidad y la dignidad del
pueblo de Cuba. Todo esto, que es demasiado, es una afrenta a los cubanos..
No es nuestro propósito herir la sensibilidad, ni lastimar la dignidad de Su
Excelencia, ni su orgullo como mandatario del pueblo español. Le estamos exponiendo con
ruda franqueza lo que piensa cubano que tiene libertad para pensar y no se siente atado
por ninguna ideología ni por intereses mezquinos. Creemos que el gobierno español está
como nosotros los cubanos, ante una encrucijada. En tales términos lo hemos planteado a
la opinión publica. España, ya por presiones del socialismo antidemocrático del patio,
o ya por ambiciones mercantiles, proponiéndoselo o sin proponérselo, está
actuando inescrupulosamente y se enfrenta una vez mas a las aspiraciones de libertad e
independencia del pueblo de Cuba. La solución a que aspiramos para Cuba conlleva el día
de mañana el uso de nuestra soberanía para castigar, dentro de la jurisdicción de
nuestros tribunales, a cuantos están haciendo daño al pueblo de Cuba, incluidos los
inversionistas extranjeros, muchos de ellos ideológicamente motivados.
Queremos entrañablemente al pueblo español y quizás sea Su Excelencia, tan vinculado
en el pasado por lazos familiares a Cuba, único que pueda evitar todavía que el odio del
pueblo cubano al totalitarismo de Castro termine en odio al pueblo español. El
resentimiento antiespañol sería otro de los legados del castrismo, que ha arrastrado a
Cuba a la catástrofe. Nuestro problema nacional no se resuelve oyendo solamente a Castro
y sus adláteres, a colaboradores y oportunistas, sino principalmente, a los
representantes de la razón eterna de las libertades publicas, a quienes se nos acaba de
otorgar un multitudinaria ario consenso con motivo de la celebración patriótica del 10
de octubre. Los hijos de Cuba no olvidarán a sus amigos ni a sus enemigos y repetirán
como las israelíes: "¡Nunca mas!"
Quedamos de Su Excelencia con la mayor consideración: