Introducción:
En los días previos a la visita del
Papa a Cuba todo el mundo esperaba algo. La Iglesia, mayores espacios
para realizar su misión; los presos, la libertad; las amas de casa, que
se les diera mas comida; el pueblo, que se le resuelvan sus problemas.
Pero también se sospechaban que esas enormes expectativas no serían
satisfechas con la visita papal. Ahora bien, año y medio después de
esa histórica visita papal a Cuba, sí podemos preguntarnos: ¿Dónde
estamos y qué conseguimos con la visita del Papa a nuestro país? A eso
pretendemos responder con las siguientes reflexiones.
SUGERENCIAS POSITIVAS Y CRÏTICAS PAPALES
Todas las expectativas generadas, "las objetivas"
y las fantásticas, encontraron eco y encarnación en una frase que,
para muchos, sintetizó y concretó el mensaje del Pontífice a Cuba y a
los cubanos: "Cuba debe abrirse al mundo, el mundo debe abrirse a
Cuba" (1). La frase resultaba certera, pues se refería al doble
bloqueo que padece la población cubana; el interno, impuesto por el
sistema comunista, y el externo, que se sintetiza en el embargo
comercial a la Isla. Para los que sólo afirman la importancia del
primero, el problema de Cuba se resuelve a partir del cambio interno,
con la evolución, transformación o disolución del actual sistema.
Para los que culpan de todo al bloqueo externo, con su levantamiento (decisión
que depende de un gobierno foráneo) se alcanzaría la solución del
actual y dificilísimo estado de la nación.
Bastaría una mirada desapasionada y objetiva para
descubrir que nuestros problemas son de tal calibre que involucran
decisiones internas y externas, personales y colectivas, de dentro y de
fuera de Cuba. El Papa lanzó esa mirada y sintetizó la situación en
esta doble apertura: de Cuba al mundo y del mundo a Cuba.
Otra "idea-motor" del Santo Padre fue la de
que los cubanos debíamos ser los protagonistas de nuestra propia
historia (2). Esta exhortación al protagonismo de la gente encierra una
doble crítica: por una parte, al paternalismo que nos hace esperar todo
"desde arriba"; por otra, al inmovilismo que nos lleva a
esperar soluciones "desde fuera", a cruzarnos de brazos para
que sean otros "los que nos saquen las castañas del fuego".
La solución vendrá desde dentro, de nuestro pueblo y del corazón de
nuestra gente, o no será solución. Hace muchos años, a raíz de las
primeras confrontaciones entre la Iglesia y el naciente estado
socialista, Mons. Pérez Serantes había dicho: "Roma o Moscú",
para negar que el futuro de Cuba se jugaba "entre Washington y
Moscú". Como dice el adagio latino: "Roma locuta, causa
finita"... Roma, el Papa, casi 40 años después, ha dicho que el
futuro está en nuestras manos y depende de nosotros. Ahora bien,
cabría preguntarnos qué nos ha impedido, o impide, tomar en nuestras
manos las riendas de nuestra vida y nuestra historia. Para responder a
esta pregunta debemos analizar, aunque sea brevemente, el fenómeno del
totalitarismo, en el que hemos estado inmersos, de una forma u otra, en
los últimos 40 años.
La situación que ha caracterizado el desarrollo de
los últimos 40 años de evolución socioeconómica y cultural de Cuba,
se sintetiza en un nombre: totalitarismo. Los comunistas cubanos no
inventaron el sistema totalitario, sencillamente adaptaron su versión
marxista-leninista y se "beneficiaron" de la larga experiencia
existente al respecto. Al enfrentarse a los EE.UU., la vecina
superpotencia de la Guerra Fría, la única puerta que quedaba abierta
al gobierno cubano era la de una alianza estratégica con el bloque
contrario a los americanos: el Oriental, liderado por la Unión
Soviética. De ese modo, la existencia y supervivencia del proyecto
cubano quedaba irremediablemente ligada al así llamado "socialismo
real" y a sus métodos de acción.
El totalitarismo adopta y aplica permanentemente las
formas de reaccionar típicas de la guerra: "El hábito de la
violencia, la simplicidad de las pasiones extremas, la sumisión del
individuo a la colectividad". Consigue, así, el máximo
sentimiento de solidaridad, por miedo al peligro común, el
igualitarismo inducido, la unidad sin fisuras y la necesidad de una
acción dirigida y controlada por un jefe. La sociedad totalitaria
exhibe una rara mezcla de fraternidad y ferocidad... Se ha podido decir
que "este culto a la violencia como medio y como fin, hace del
totalitarismo un pariente cercano del gangsterismo político, con su
aguda percepción de la oportunidad".
Si la matriz de la que ha brotado el totalitarismo es
la guerra, la violencia, el objetivo que persigue es el de la
destrucción y reconstrucción total de una sociedad de masas, a partir
de postulados ideológicos y mediante mecanismos de organización y
control que utilizan los más modernos artificios de la ciencia y de la
técnica. Pero la ideología no es un simple sistema de pensamiento, o
una estructura filosófica hecha de puras ideas... Es un instrumento de
acción que moviliza las fuerzas históricas hacia una meta: el
establecimiento de un poder político absoluto, en manos de un partido
único, que reina sobre "un pueblo unido que jamás será vencido".
De ahí que podamos caracterizar el sistema a partir de estos elementos:
-
El objetivo de lograr una nueva sociedad y un hombre
nuevo, parte de una ideología milenarista que moviliza la acción de
todo el pueblo.
-
Esa acción está dirigida por un partido único de
masas, jerárquicamente estructurado y a su vez dirigido por un dictador
absoluto.
-
Un sistema de terror físico o psíquico, ejercido
por el partido pero que, a su vez, supervisa al partido a través de un
sofisticado sistema de seguridad y vigilancia que utiliza los medios
modernos de control (informáticos y electrónicos), y en especial la
psicología científica y el estudio constante de los estados de ánimo
y de opinión de la población.
-
El control de la información, a través de los mas
media, permite crear una "realidad virtual" que nada tiene que
ver con la real, o muy poco, y que permite hacer creer que se vive en el
mejor de los mundos... o al menos que los "otros mundos" son
aún peores.
-
El dominio absoluto de las armas y del ejército,
así como el de una economía centralmente planificada, permite a los
dirigentes el máximo control de la vida de la gente.
Estamos, pues, ante un control tan absoluto sobre los
espíritus y los cuerpos de los hombres que tal vez ningún monarca o
gobierno ha tenido la posibilidad de un control así sobre la gente, ni
pareja capacidad de planificación y control sobre los individuos y
sobre las sociedades. La radio y la televisión permiten además un
control indirecto y sofisticado que "programa" las conciencias,
desde dentro y sin que apenas lo perciban los mismos individuos
programados. Todo esto hace al sistema totalitario de una eficacia
diabólica en el dominio de la gente.
EL SÏNDROME DE LA INDEFENSIÓN APRENDIDA O "NO
SE PUEDE HACER NADA"
En un segundo momento conviene analizar las
consecuencias que provoca en los seres humanos una continua y prolongada
exposición a las políticas del sistema totalitario. Lo llamaremos con
el nombre de "síndrome de indefensión aprendida" o de "desesperanza
inducida". Como punto de partida, tenemos los experimentos
realizados por un psicólogo norteamericano llamado Martin Seligman. El
doctor Seligman investigó el comportamiento de dos grupos de perros, un
grupo sometido a una situación molesta y altamente angustiosa para los
animales, sin posibilidad de salida: los animales sometidos a este
experimento, hicieran lo que hicieran, recibían unas descargas
eléctricas y no podían salir de las jaulas en las que estaban
encerrados. El otro grupo, sometido a una situación similar, podía, en
cambio, accionando mecanismos, salir del lugar de tortura. Cosa que
acababan logrando, después de los consiguientes tanteos.
Cuando se sometía a los animales de ambos grupos a
una nueva situación, con posibilidad de salida para ambos grupos, los
del primero se resignaban a su suerte, sin ni siquiera intentar
encontrar una salida a su situación, aunque ésta estaba a su alcance.
Los del segundo grupo, en cambio, lograban encontrar la nueva puerta de
escape a su lugar de tortura.
Las investigaciones del profesor Seligman han sido
aplicadas a la psicología humana, y a la psicosociología. Los
resultados han sido muy fecundos al aplicarlos a la realidad totalitaria.
Esta se presenta como una situación sin salida que, asumida como tal,
se convierte en un caso paradigmático de indefensión. De igual modo,
la propaganda generada por el régimen va encaminada a convencernos de
que es imposible el cambio, o de que el cambio acabará en caos: esto es,
que no hay salida posible para la actual situación.
Una frase de la periodista Soledad Cruz expresa
apodícticamente estas ideas: "Esto no hay quien lo tumbe, pero
tampoco quien lo arregle". Y esta idea se remacha echando mano de
los viejos proverbios, como aquel que reza "más vale malo conocido
que bueno por conocer" y otros por el estilo. El más perfecto
estado de indefensión es aquel que conlleva la renuncia al intento
mismo del cambio. En función de crear esta actitud se emplean todas las
bases: el terror, el temor al fracaso, el desaliento, la desconfianza de
unos mismo y de los demás, todas las formas de división y sospecha. Su
más extrema expresión se da cuando nos logran convencer "de que
la gente no vale la pena", que no merecen nuestro sacrificio. Es
así cómo la omnipotencia del Estado se alimenta de la impotencia de
los ciudadanos.
Pero estas ideas, actitudes y situaciones que
configuran un estado de indefensión sólo funcionan si son asumidos por
aquéllos que las padecen. Cuando el síndrome de indefensión aparece
en los seres humanos, está sustentado por ideas, actitudes y
experiencias repetidas. Mientras más incondicionadas nos parecen,
mientras más impersonal y asépticamente se nos imponen, más
peligrosas son.
Como vimos, en el caso de los animales sometidos a
una prolongada situación de indefensión, aunque cambien las
circunstancias, mantendrán la inacción como respuesta. La indefensión
actúa como un disuasivo para la imaginación y la creatividad de sus
víctimas. Al cambio de situación no le sigue un cambio de hábito,
sino el mantenimiento de los mismos mecanismos de respuesta que ya se
habían asumido. El síndrome de indefensión aprendida es el mecanismo
clave para explicar la apatía de la gente bajo un régimen totalitario
y postotalitario. El sistema mismo ha funcionado como un gigantesco
mecanismo generador de indefensión: el control de las distintas esferas
de la vida (político-administrativa, económica, socio-cultural); de la
información y de los centros de formación ideológica o educativa; de
los mecanismos de vigilancia, presión y represión, se encamina a
trasmitirnos la sensación de que nada se escapa al omnímodo poder del
Estado y sus representantes. Todo ello tiene como fin imponernos el
síndrome de indefensión.
Joan Manuel Serrat dice en Pueblo Blanco: "Despierta,
gente tierna, que esta tierra está enferma, y no esperes mañana lo que
no te dio ayer. Deja tu mula, tu hembra y tu arreo, sigue el camino del
pueblo hebreo. Busca otra luna, quizás mañana sonría la fortuna y, si
te toca llorar, es mejor frente al mar. Si yo pudiera unirme a un vuelo
de palomas y, abandonando lomas, dejar mi pueblo atrás, te juro por lo
que fui que me iría de aquí; pero los muertos están en cautiverio y
no nos dejan salir del cementerio."
Vivir en la verdad: una puerta de salida a la
indefensión. La verdad os hará libres.
Juan 9,32
Nos casaron con la mentira y nos obligaron a vivir en
ella, por eso nos parece que se hunde el mundo cuando oímos la verdad.
Como si no valiera la pena que el mundo se hundiera antes que vivir en
la mentira.
José Martí
A lo que más teme, y de lo que más huye, el sistema
totalitario es de la sencilla verdad. El sistema no soporta el espíritu
crítico que pone en tela de juicio esas verdades apodícticas, que son
pronunciadas desde el trono absoluto del poder. El sistema totalitario
funciona como un inmenso generador de realidad virtual, que sustituye al
mundo real de la vida, pero que sólo funciona para aquéllos que se
deciden a, o al menos aceptan pasivamente, vivir dentro de él.
Aquéllos que se deciden a vivir en la verdad y no colaboran con los
convencionalismos que sostienen al sistema, se convierten en un ejemplo
para los demás y en un peligro para el sistema. Vaclav Havel ha
analizado esta realidad a través del ejemplo del tendero que pone un
eslogan político en su puesto de verduras ("Sólo en el socialismo
hay verdadera democracia"). Ni él ni la gente que le compra creen
en lo que dice el cartel, muy probablemente ni lo lean.
La función del cartel no es decir lo que piensa el
tendero, sino mandar un mensaje de fidelidad al sistema. Su real mensaje
dice: "Yo, Juan el verdulero, no me meto en líos y por eso
obedezco poniendo este cartel. Lo único que pido a cambio es que me
dejen en paz". Si fuéramos a traducir en términos reales lo que
le sucede al tendero, le daríamos un cartel que dijera: "Tengo
miedo y por eso obedezco sin rechistar". Pero el tendero lo
rechazaría, se avergonzaría de exponer en un escaparate, a la vista
del público, una declaración tan explícita de su degradación. Así
funciona la ideología: encubre la verdad con palabras "elevadas",
y sirve de coartada, lo mismo al poder que se impone que al hombre que
se humilla ante el poder.
La distancia que hay entre las palabras y la vida
revela la distancia que separa la abyecta mentira de una vida falsa, que
se expresa a través de palabras mentirosas y una vida honesta, vivida
en la verdad. Desenmascarar la mentira se convierte en la primera
misión que tiene el hombre que quiere ser fiel a sí mismo y que quiere
vivir en la verdad. De lo contrario, creyéndose la mentira, o
comportándose como si la creyera, se convierte en sostén del régimen
y lo prolonga. A esto se le llama "aceptar las reglas del juego".
El hombre no decide la vida, sino que ésta, ritualizada mediante la
ideología, recibe la lealtad del hombre y se le impone como destino
irrevocable. Al obedecer a la ideología, el hombre firma la sentencia
de muerte de su libertad y la de los demás. Se hace cómplice de la
esclavitud de sus hermanos. Sólo mediante un acto de libertad y de
rebeldía puede el hombre encontrar su identidad y dignidad reprimidas.
Cuando un hombre decide "vivir en la verdad", demuestra que
esa vida es posible, avergüenza a los que siguen viviendo en la mentira
y cuestiona el poder, al convertirse en la mayor amenaza a su preterida
omnipotencia. La mayor confirmación de esto la encontramos en la caída
histórica del mundo postotalitario comunista en 1989: esa estructura de
poder, hasta entonces aparentemente monolítica, se desplomó como un
castillo de naipes, en el curso de unos días y, fuera de la experiencia
rumana, de manera pacífica y sin que nadie defendiera al "anciano
régimen".
Esta toma de conciencia de que vamos hablando no es
un acto político, sino moral. El sistema totalitario, que ha copado
todos los aspectos de la vida -la sociedad civil, la economía, la
cultura, hasta la vida familiar y la más íntima dimensión personal-,
califica de "política" toda acción encaminada a "vivir
en la verdad". Toda acción encaminada a que las personas recobren
su responsabilidad y ejerzan su capacidad de decisión es una amenaza
directa para el sistema, y provoca una reacción airada y violenta por
parte de las autoridades.
Además de la ideología ritualizada, que le sirve de
justificación, creando una realidad virtual que oculta y tergiversa la
"realidad real", el sistema tiene su apoyo más firme en el
temor. Este viene a ser la clave última de aceptación de la "realidad
virtual". Como podemos observar fácilmente, el miedo funciona como
un disuasivo para cualquier acción encaminada a asumir la propia
responsabilidad: la cárcel, al alcance de la mano gracias a leyes que
inician procesos por "presunción" del delito, puede conllevar
un precio tal que ningún hombre sensato querría tener que pagar. El
aumento de las fuerzas policiales, y su carácter cada vez más
amenazador, sirven de disuasivo para una población cada vez más "expresiva"
con relación a sus sentimientos y pensamientos. Por otra parte, está
"la salida fácil" que ofrece la emigración: solución
individual a la que muy pocos están dispuestos a renunciar, "adornada"
por la justificación de poder ayudar a la familia que se queda. Desde
el punto de vista social, la solución migratoria funciona como "un
placebo", un tranquilizante eficaz, pues ofrece una esperanza que
el bombo en cualquier momento puede hacer realidad.
Por otra parte, no hay que ser un especialista en
economía para descubrir que este capítulo de la vida del país pivota
cada vez más en las ganancia inmediatas, para sobrevivir, sin que haya
un esfuerzo, ni siquiera intento, por lograr un desarrollo a largo plazo
y con visión de futuro. Se vive día a día: así es para los
ciudadanos y para el Estado. Las infraestructuras del país se destruyen
sin que su reparación o sustitución logren evitarlo. Las medidas
liberalizadoras que permitirían la pronta recuperación agrícola,
industrial y empresarial no son tomadas por temor a que el gobierno
pierda el control económico primero; luego, el político. Por eso vemos
como se da un paso adelante y otro atrás en los campos de la iniciativa
individual agrícola, comercial o empresarial.
Un caso similar ocurre con los renglones que
tradicionalmente eran presentados como logros indiscutibles de la
Revolución: la Educación y la Salud. En un artículo reciente, decía
Ignacio Sotelo que él notaba que en Cuba, donde todos habían aprendido
a leer, eran cada vez más numerosos los analfabetos funcionales: nadie
lee... porque no hay nada que leer; o no está al alcance de la gente o
no hay tiempo y ánimo para ello. Lo mismo se diga de la Salud: las
enfermedades carenciales aquejan a cada vez más personas. El deterioro
físico y síquico del pueblo es demasiado visible para que haya que
argumentarlo con ejemplos o estadísticas: ha adquirido categoría de lo
apodíctico... Basta abrir los ojos y observar.
Con todo, la situación es tan caótica que al
gobierno no le ha quedado más remedio que "abrir la mano".
Como dice el politólogo Jorge Domínguez, el régimen sigue manteniendo
su voluntad totalitaria, pero ya no la puede ejercer como antes: de ahí
la pérdida de control inevitable y las medidas represivas de los
últimos meses (las leyes de enero, y el crecimiento en el número y en
los incentivos que se les prometen a las fuerzas policiales). En Cuba,
el régimen totalitario dio paso a un régimen postotalitario, hacia los
años 70. (El régimen totalitario se basa en el control absoluto de la
situación y la movilización de las masas, buscando su apoyo activo al
sistema. El sistema postotalitario trata de mantener el control estatal
no movilizando, sino paralizando a las masas, evitando el crecimiento de
la naciente sociedad civil.) Hoy se discute si el sistema cubano
postotalitario se encamina hacia un tipo de régimen autoritario con
rasgos sultanísticos. Lo que queda fuera de discusión es la voluntad
totalitaria que mantiene el régimen en medio de los cambios, a veces
imperceptibles y lentos, pero reales, que se dan en el país.
Hace año y medio, el camino que la Iglesia ofrecía
por boca del Pontífice se basaba en la apertura interna y externa, en
el inicio de un diálogo nacional, en un llamamiento a la
responsabilidad personal, en el respeto al principio de subsidiaridad,
en la búsqueda el bien común desde la fórmula martiana del "con
todos y para el bien de todos". La respuesta ha sido recrudecer los
debilitados y desfasados mecanismos totalitarios de control, generadores
de indefensión y disuasores de la responsabilidad personal y ciudadana.
A partir de lo que hemos dicho, conviene ahora analizar cual debe ser la
respuesta de la Iglesia a la situación que se ha generado.
LA IGLESIA ANTE LA ENCRUCIJADA DEL PRESENTE Y DEL
FUTURO
Hace 40 años, cuando comenzó la experiencia
comunista en el país, la Iglesia levantó la voz y se enfrentó a la
nueva realidad. El totalitarismo en Cuba se inicia con el aura heroica
de la lucha por la libertad y la justicia, mediante una movilización
popular sin precedentes en la historia del país. La progresiva
implantación comunista en la Revolución va convirtiendo en proceso
gradual, aunque muy acelerado, la toma absoluta del poder. El poder
revolucionario, investido de autoridad redentora, barrió con las
instituciones y con todo el pasado republicano: con sus desaciertos y
con sus aciertos. La consecuencia fue "un año cero": el de un
poder absoluto que controló todas las esferas de la vida.
El enfrentamiento de la Iglesia, que denuncia la
presencia comunista en la Revolución y su giro hacia una izquierda
radicalizada, tuvo como consecuencia el desmantelamiento de la Iglesia,
sus medios de acción y sus instituciones. Quizá hubo error de cálculo
acerca de la "fuerza" de la Iglesia, que en los 50 primeros
años del siglo había podido crecer en número, presencia y prestigio
en la vida nacional, como dijo Mons. Meurice en su discurso de
bienvenida al Papa. El corto e intenso período de enfrentamiento fue
acompañado de una "política" de desalojo involuntario y
voluntario del país. Se aconsejó a los fieles, por algunos pastores,
que se fueran de Cuba, y los mismos agentes de pastoral, alertados por
sus superiores mayores, o por decisión propia, comenzaron a abandonar
el país. Sin embargo, hay excepciones a nivel de laicos, religiosos,
religiosas y sacerdotes. A los que no se fueron, el gobierno los fue,
dejando a la Iglesia en estado de sobrevivencia.
Cuando la Iglesia comienza a reconstruir sus fuerzas
y reiniciar su trabajo, se enfrenta a una realidad que no sólo le es
hostil, sino que domina todo el espectro de la vida socioeconómica,
cultural y política del país. Un gobierno que tomaba todas las
iniciativas y no dejaba cabo suelto en su afán de controlar la vida de
la gente. La Iglesia corrió la suerte de todas las instituciones que no
fueran las nacidas con la Revolución o las que ya estaban enteramente
en sus manos: la existencia feneciente y enquistada, al margen de la
vida social, que le conocimos por años de años, con un grupito de
fieles, tan atemorizados como heroicos. Lo mismo sucedió con las
iglesias protestantes y las asociaciones fraternales.
A lo largo de estos 40 años, cuando la situación se
ponía especialmente difícil a causa de las así llamadas "contradicciones
internas del sistema", la solución que dio el gobierno fue "abrir
la puerta" para que salieran del país "los desafectos".
Con cada éxodo, la Iglesia vio mermadas sus filas y destruido su lento
y tenaz trabajo pastoral. Era una tortura tantálica, que le ha
conferido a nuestra pastoral un peculiar talante de provisionalidad:
hemos tenido que improvisar, cada vez, planes y personas... porque la
gente se nos iba. Aun si la Iglesia exhortó a los fieles a quedarse, a
comprometerse con su país y con su pueblo, del otro lado pesaban muchas
cosas: el reencuentro con la familia, una vida tranquila, el anhelo de
libertad, las expectativas de prosperidad... El fenómeno del éxodo, y
la existencia de una comunidad de más de dos millones de cubanos que
viven de modo permanente fuera del país, se ha convertido en uno de los
problemas claves de la vida nacional, que pesa en el presente y en el
futuro de Cuba. Este es un hecho que no se puede obviar, ni se debe
olvidar: implica a demasiadas personas y demasiados aspectos para no
tenerlo en cuenta.
Como sabemos, en 1980 la Iglesia inicia un proceso de
renovación interna con la Reflexión Eclesial. Este proceso, que
culmina con el ENEC (Encuentro Eclesial Nacional Cubano), se caracteriza
por la búsqueda de nuestra identidad y vocación histórica y
existencial, a la luz del Evangelio y al servicio de nuestro pueblo. La
REC instauró el diálogo como un elemento fundamental de nuestro ser y
de nuestro quehacer como Iglesia. Fue como parte de este proceso, que
coincide con el inicio de los grandes cambios en la URSS y los países
de Europa Oriental (la perestroica y el glasnot), que la Iglesia
propone, de forma clara y desde su propia experiencia, el diálogo como
el modo más adecuado y eficaz para afrontar los problemas del país.
Después del ENEC es lamentable que el aspecto
reflexivo de la REC haya menguado
Unido al proceso de renovación interna, la Iglesia
se abre a una acción pastoral que brota de su propia y renovada
convicción evangelizadora: coincidente con la Misión de la Cruz, de
cara a la celebración del medio milenio de la fe en el Continente
Latinoamericano. Esta etapa está teniendo su culminación con la
Celebración del Jubileo del Tercer Milenio, que tuvo punto de máxima
inflexión en la visita de Juan Pablo II a Cuba, en enero de 1998. La
propuesta al pueblo del camino de la fe a través de las misiones
coincidió con la profunda crisis del comunismo mundial, con la
disolución de la Unión Soviética y la desaparición del bloque de
países socialistas, de profunda y variada repercusión en Cuba, en el
pueblo y en el gobierno.
Todo el pueblo de Dios, a través del Documento Final
del ENEC, y los Obispos, como pastores de la Iglesia, en repetidas
ocasiones y de modo directo con el gobierno, ante la crisis generada por
la caída del marxismo en Europa y ante la profunda y crítica
situación del país, propusieron un "Diálogo Nacional" que,
respetando la diferencia y competencia de las partes, incluidos los
cubanos del exilio, diera paso a soluciones audaces, amplias y eficaces
que movilizaran las fuerzas morales y materiales de la nación. Era
darnos un voto de confianza los unos a los otros, y desde ahí "poner
proa al futuro". Los comunistas cubanos, ante la grave alternativa
de "conservar el poder o salvar la patria", han elegido lo
primero, reforzando los comportamientos totalitarios de vivir en la
mentira, y manteniendo los paralizantes esquemas de indefensión que ya
analizamos, aun sabiendo que por ese camino no se llegaba a ninguna
parte, como lo demostraba la experiencia de sus antiguos socios del
bloque comunista. Fue entonces cuando los obispos, después de una
espera larga y reflexiva, se decidieron a publicar su carta "El
Amor todo lo espera". La acogida de esta carta por el pueblo cubano
marcó un giro en la historia del país. Una parte considerable del
pueblo se vio reflejado en las palabras de los obispos: sus esperanzas,
sus angustias, sus problemas... Los caminos para una posible solución
quedaron recogidos en aquella carta sabia y valiente, que supo conjugar
genialmente prudencia y audacia.
El gobierno hizo "oídos sordos" al clamor
del pueblo, expresado proféticamente por boca de los obispos. La
Iglesia continuó con sus esfuerzos por lograr una salida pacífica y
negociada a la situación, que no excluyera a nadie. Para muchos, la
dificultad más grave de llevar adelante esta propuesta es, no sólo la
falta de voluntad de diálogo del gobierno y el partido, sino además la
inexistencia en el país de una contraparte organizada: sociedad civil,
movimientos sociales o grupos políticos que asuman ese papel de
contraparte, de interlocutores válidos del Estado, que se mantiene
típicamente totalitario (o postotalitario). El discurso oficial
mantiene esta tesis, haciendo resaltar la debilidad de la disidencia y
el hecho de que está penetrada por los cuerpos de seguridad estatal y
que, además, depende de apoyos foráneos para su supervivencia.
La disidencia, eminentemente pacífica, no tiene ni
reconocimiento ni apoyo firme por parte de la Jerarquía, al menos no lo
percibimos así. El máximo esfuerzo por desbloquear la realidad cubana
lo hizo la Iglesia con la visita del Papa a Cuba, en enero de 1998. La
movilización de pueblo, el impacto a nivel de nación, de ciudad,
barrio, familia y corazón de esos cinco días no han tenido precedente
en nuestra historia como Iglesia. El pueblo apoyó a la Iglesia,
escuchó al Pontífice y vibró con el mensaje evangélico que él
trasmitió a lo largo de esos días. Nadie, ni dentro ni fuera de Cuba,
niega el éxito de esa visita papal. La pregunta que nos estamos
haciendo desde el inicio de nuestro encuentro sigue, sin embargo, en
pie: ¿Qué ha pasado después?
LAS CINCO LLAGAS DE MI IGLESIA
Hace mas de 150 años, un sacerdote italiano, el
Padre Antonio Rosmini, publicó un polémico libro que él tituló
"Las cinco llagas de la Iglesia". Pedimos prestado el título
de su libro al P. Rosmini para referirnos a situaciones que
calificaremos de "llagas de la Iglesia". Sin embargo, el
sentido del término no se corresponde exactamente al utilizado por
Rosmini. Hablaremos de estas llagas y nos vamos a referir a ellas, en un
sentido muy particular si Uds. quieren, como las llagas de Jesús, que
al mismo tiempo fueron los "signos" que el resucitado pudo
mostrar para "confirmar" que era él... Las llagas son como
retos que tiene esta Iglesia nuestra, porque la vinculan con su pasado y
con su pasión, y se le convierten en fuentes de su compromiso y motivo
de su acción.
LOS VIEJOS Y LOS NUEVOS CRISTIANOS
En su intervención en la XXVII Reunión
Interamericana de Obispos, Mons. Adolfo habló como el viejo y sabio
pastor que es. Entre las muchas cosas interesantes que dijo hay una que
resalta con la fuerza de un refrán popular: "Hemos descubierto que
en Cuba ni los ateos son tan ateos ni los cristianos somos tan
cristianos." El reto de la fidelidad, del compromiso serio y de la
plena consecuencia de nuestra vida con el Evangelio está ahí, presente
y pidiéndonos reflexión y sinceridad. Una variante de este "nadie
es tan tan" la tenemos en el crecimiento de nuestras comunidades,
en la dialéctica natural que se crea entre los nuevos y los viejos
cristianos. La Iglesia no debe prescindir del empuje que suponen los
primeros y de la fuerza y el peso que nos dan los segundos. El
entusiasmo de los primeros y la estabilidad y peso de los segundos deben
potenciarse por el compromiso de todos. Esta realidad requiere análisis,
escucha mutua en el diálogo sincero y franco, y sabiduría por parte de
los responsables laicos y los pastores, para pedirle a cada cual su
participación, sin apresuramientos en dar cargos muy responsables sin
el tiempo suficiente de necesaria maduración, y asumiendo el reto que
supone darle tiempo a una seria formación. El mutuo aprecio es
condición indispensable para el crecimiento de unos y otros.
CLERO EXTRANJERO Y CLERO CUBANO
El aumento del número de sacerdotes y religiosos/as
se ha señalado como uno de los principales frutos de la visita del
Papa, y sin duda lo es. Pero la entrada de nuevos agentes de pastoral es
un reto que también debe ser analizado. La dialéctica nuevo-viejo,
secular-regular, extranjero-nacional, se hace también presente por la
lógica misma de las cosas. Esto aporta tensiones, y también riquezas,
que es bueno analizar. En primer lugar, es bueno recordar que en la
Iglesia no hay extranjeros... "ni judíos ni paganos". Los
recién llegados son y deben ser además bienvenidos. Ellos traen a
nuestra Iglesia nuevos métodos, entusiasmo, energías, imaginación:
aportes muy importantes y necesarios. No debemos desconocer, ni negar,
que vivir durante cuarenta años dentro de un sistema totalitario "imprime
carácter". La indefensión está presente en nuestra Iglesia en
obispos, sacerdotes, religiosos/as y laicos. Es normal que así suceda.
Cuando llegan los nuevos, sin darnos cuenta, tendemos a trasmitirles
"nuestros condicionamientos". Esto no es bueno, pues puede
paralizar iniciativas y acciones que son necesarias y hasta urgentes.
Por otra parte, una necesaria cuota de prudencia se necesita si no
queremos perder, con la misma rapidez con la que entraron, a nuestros
hermanos recién llegados, que tan necesarios son.
Esto precisa de una acción coordinada, de encuentros
fraternos que a veces el excesivo trabajo de cada cual hacen difíciles,
pero en los que debemos insistir para nuestro mutuo enriquecimiento
fraterno y pastoral. Necesitamos ser muy sinceros los unos con los otros
y empujarnos suave y cariñosamente los unos a los otros, en nuestra
común entrega al Reino. El tiempo de encuentro y de diálogo no es
tiempo perdido. Para los que llevamos mucho tiempo acá, seculares y
regulares, la unidad es importante, porque ha sido condición
indispensable de supervivencia. Pero es verdad que nuestra unidad debe
enriquecerse con nuevas formas de diversidad y que aun la misma unidad
debe hacerse más dinámica. Tenemos mucho que aprender los unos de los
otros.
Por otra parte, debemos aplicar "una sana
división del trabajo" en lo que respecta a los problemas de la
nación. A los cubanos nos toca asumir una mayor cuota de
responsabilidad e iniciativa por el hecho mismo de ser cubanos y porque
somos menos vulnerables a ciertas "acciones administrativas"
de las que pueden ser más fácil blanco los extranjeros. Se necesita
mucho diálogo y sinceridad para poder caminar juntos, aunque con estilo
diferente, como es lógico. El mutuo aprecio en el Señor sigue siendo
condición indispensable para el crecimiento de todos.
Otro aspecto del tema es el que se refiere a los
"novísimos", esto es, a las nuevas vocaciones que van
surgiendo en nuestras comunidades. Es un tema claro para el futuro de la
Iglesia en Cuba, pues sabemos por experiencia que las Iglesias locales
deben estar edificadas sobre ese clero estable, "salido de la
tierra", que es el clero secular. Aquí debemos trabajar todos,
seculares y regulares, si es que queremos una seria implantación de la
Iglesia en Cuba. El tema de las vocaciones va unido al tema de nuestros
seminarios y de los seminaristas, de los sacerdotes jóvenes y de la
atención que nuestros obispos y nuestros presbíteros están dando a
los más jóvenes. Debemos recordar que entre los más jóvenes está el
mayor índice de abandono en el país, y que no siempre la
responsabilidad recae sobre ellos...
LA IMPROVISACIÓN COMO TALANTE Y LA ACTITUD
PATERNALISTA
La improvisación y la provisionalidad se han
convertido en parte integrante del "ser nacional", y han
"infiltrado" a la Iglesia y a nuestra pastoral. Sin darnos
cuenta, el desgaste de esta situación nos marca con su sello. Esto es
hasta cierto punto inevitable en una situación como la nuestra: vivimos
en un país sin futuro, donde la cotidianidad -entendida en su forma
más rastrera- se vuelve en horizonte. Pero precisamente por eso la
Iglesia debe insistir, con su gente, en esa necesaria proyección de
miras e identificación de objetivos. Hijo de la improvisación, el
cansancio puede agostar nuestras fuerzas. Conservemos entonces la
capacidad de hacer cosas, pero no de pensar y proyectar las cosas que
hacemos. Inventamos al momento, pero nos perdemos en la mirada larga,
que también es necesaria. ¿A qué queremos responder? ¿Qué
pretendemos conseguir? ¿Qué queremos mantener o qué debemos cambiar?
Son preguntas que nos debemos hacer continuamente, sin olvidar la
fragilidad del hombre que tenemos delante, permeado de una "indefensión
bien aprendida", a la que nosotros mismos no escapamos. Por otra
parte, la acción no nos puede hacer olvidar el "discurso", el
mensaje que debemos trasmitir y el canal privilegiado que tenemos para
que llegue al pueblo: la Iglesia, nuestras comunidades. Ni el objetivo
final: edificar al hombre según Dios, por el modelo de Jesús.
En esta edificación del hombre según el modelo de
Jesucristo tendríamos que plantearnos el grave problema del
paternalismo, que se manifiesta en las relaciones de nuestros obispos
con nosotros y de nosotros con nuestros laicos, en no pocas ocasiones.
Es ese miedo a que lleguen demasiado lejos, que nos lleva a
sobreproteger a nuestra gente y a frenar su compromiso profético.
Debemos recordar que por bastante tiempo muchos de nosotros nos hemos
sentido como "seminaristas que celebran Misa", y que nada
colabora más con la maduración y el compromiso de los sacerdotes en un
presbiterio, o de los laicos en una comunidad, como el sentirse
responsables de las decisiones que se han discutido y tomado en común.
El ambiente de fraternidad y amistad corresponsable,
a ejemplo de nuestros Apóstoles, debe marcar nuestro estilo de ser
pastores y nuestra manera de pastorear. Además, es la mejor manera de
combatir la indefensión que padecemos en el país.
EDIFICACIÓN DE LA IGLESIA Y SERVICIO AL PUEBLO
A veces escuchamos voces de que "no debemos
arriesgar todo lo que hasta ahora hemos logrado". Esta afirmación
me recuerda aquel relato de Karel Capec, en su libro Apócrifos. Capec
fábula en torno a la sicología de Lázaro, el amigo del Señor,
después de salir del sepulcro: la experiencia de la muerte fue tal, que
Lázaro le coge miedo a la vida y lo que ésta comporta de riesgo. Vive
una vida de absoluto temor, rehuyendo ese compromiso que siempre supone
algo de riesgo. No creo que nadie medianamente sensato quiera volver al
año 61, al tiempo de las confrontaciones. Pero, al mismo tiempo, no
podemos renunciar al compromiso que supone la situación del país: no
podemos quedarnos callados ni de brazos cruzados.
Para los que oprimen a los pueblos, sean del color
que sean, cualquier acción de la Iglesia en pro del respeto a los
derechos humanos, a la justicia y a la libertad, será interpretada
"como meterse en política". Navarro Vals, en su último viaje
a nuestra patria, relató una anécdota de Juan Pablo II que hace luz a
este respecto. Después de visitar un campo de concentración, el Papa
hizo unas declaraciones muy fuertes. En la entrevista de prensa que
siguió a la visita, un periodista le preguntó al Papa "si sus
declaraciones no habían sido políticas". El Papa, que suele tener
mucha paciencia con "los chicos de la prensa", por esta vez
casi pierde la tabla. "Uno no se rebela contra ante este horror en
razón de una ideología política, sino por talante moral, por
elemental sentido de humanidad", le dijo, casi adusto, al
periodista.
Sabemos que la Iglesia brinda un aporte insustituible
cuando ejerce su triple ministerio al servicio de la evangelización, el
culto o la caridad..., pero no podemos pasar de largo ante las
situaciones de injusticia, opresión o indefensión sin actuar de la
misma manera que aquel sacerdote o levita de que nos habla la parábola
del "Buen Samaritano". Mons. Pedro Meurice lo expresó muy
claramente en su discurso de recepción del Doctorado Honoris Causa, en
la Universidad de Georgetown: "Por otra parte, mientras el pueblo
sufra alguna injusticia o limitación, por pequeña que sea, la Iglesia
debe hacer de esas necesidades y dolores de su pueblo un punto cardinal
del contenido de sus relaciones con el Estado. De lo contrario, la
Iglesia sólo reclamaría lo que pudiera ser considerado como sus
derechos institucionales o concernientes a su vida interna, pero para
los seguidores de Jesucristo esas demandas nunca pueden estar separadas
de los derechos de las gentes."
Cuando el pueblo sufre, no ya "alguna" sino
tanta injusticia o limitación, la responsabilidad de la Iglesia se hace
incomparablemente mayor. Ahora bien, si pretendemos salvar la
institución cuando el pueblo muere, no estamos más que repitiendo, en
nuevo contexto, el viejo dilema del pontífice judío: "Conviene
que muera uno para preservar al pueblo." Lo que en el fondo
significaba, no tanto preocupación por la gente, sino empeño de toda
sinagoga bien instalada por defender sus propios intereses.
LA POBREZA EN LA IGLESIA Y EL ÉXODO DE LOS
CRISTIANOS
Mons. Adolfo habló del peligro del triunfalismo
ingenuo que nos impida ver la realidad tal y como ella es. No cabe dudas
de que en los últimos años la Iglesia ha crecido en sus posibilidades
económicas, gracias a las generosas ayudas que hemos recibido desde
diversas partes del mundo. Hemos pasado, de ser una Iglesia pobre, a una
Iglesia que tiene, que "parte y reparte"... Y que tiene el
peligro de ser tenida como "la que se queda con la mayor parte".
Nuestro estilo de vida, nuestras casas, nuestros carros, deben
percibirse enteramente al servicio de la gente, y tan modestos como nos
lo permita la eficacia en el servicio que nos deben brindar. La modestia
de los medios y la sencillez de las actitudes, sobre todo el espíritu
de servicio para con la comunidad y con el pueblo en general, es algo
que debemos cuidar celosamente.
El uso que se hace del dinero es algo que debe ser
consultado a los sacerdotes, por parte de los obispos, y a las
comunidades, por parte de los sacerdotes. La máxima claridad en este
punto es algo necesario para garantizar la transparencia administrativa
y para responsabilizar a todos los miembros de la Iglesia en ese
capítulo tan delicado. A veces nos da la impresión de que la
preocupación por las cosas materiales, incluidos los templos, nos hace
olvidar el tema esencial que debe preocuparnos: edificar una Iglesia
totalmente al servicio del Reino de Dios.
La experiencia enseña que ciertas Iglesias que han
sufrido situaciones casi martiriales, cuando acceden a situaciones
normales, buscan cuotas de riqueza, prestigio y poder, y que esto ocurre
incluso a aquellas mismas personas que antes llegaron a arriesgar hasta
la supervivencia misma. Y es que el martirio no imprime carácter. Cada
generación debe buscar su estilo de fidelidad al Evangelio eterno de
Jesús sin acogerse a méritos pretéritos.
Un tema que no podemos dejar de tocar es el del
éxodo, que una vez más amenaza con vaciar nuestras comunidades y
diezmar nuestra gente. En el éxodo encontramos la respuesta
individualista tradicional que los cubanos hemos dado a los problemas
del país. La Iglesia debe tener el valor de denunciar esta actitud
descomprometida con la suerte del pueblo. Debemos también enfrentar el
éxodo de los sacerdotes, que tantas veces hemos achacado, de manera
superficial, a razones de índole material, sin cuestionarnos si nuestra
Iglesia estaba motivando suficientemente el compromiso de sus miembros,
clérigos y laicos. Para conseguir salir de la indefensión inducida, es
elemento esencial el compromiso personal, el lento camino de la
conversión y de la entrega. Una Iglesia que no sea capaz de despertar
ese espíritu de sacrificio, esa militancia martirial, jamás será luz
en la oscuridad totalitaria. Pero no todo está perdido... "si
alguien viene a ofrecer su corazón".
FINALMENTE... EL DIÁLOGO
El diálogo ha sido el tema siempre recurrente en los
últimos 20 años de vida de nuestra Iglesia. Desde comienzos de la REC,
a principios de los Ochenta, hemos propuesto una y otra vez el diálogo
como el único camino de salida a nuestra situación. Recientemente, en
su intervención ante la XXVII Reunión Interamericana de Obispos, en
febrero del 99, Mons. Adolfo volvería a insistir con el tema. Y con
razón.
Pero hay una contradicción esencial en la
proclamación del "Diálogo Nacional" como salida a la
situación del país, y la implícita dejación de ese Diálogo en manos
de un Estado que lo ha negado repetidas veces en el plano de los hechos
e incluso en el Derecho. Entonces la propuesta del Diálogo se convierte
en una trampa de la que no podemos salir, porque ni siquiera hemos
podido entrar en ella... Llega el momento en que nos debemos preguntar
sobre las condiciones de posibilidad y la necesidad misma de iniciar un
diálogo nacional en que pueda participar la sociedad civil, en los
niveles en los que ya está organizada (iglesias, asociaciones
fraternales, grupos autónomos diversos), con carácter civilista, no
directamente político.
El diálogo fue el mayor aporte que la REC y el ENEC
dieron a nuestra Iglesia. Conviene plantearnos rescatar esa herencia
preciosa también al seno de la Iglesia. En los últimos tiempos, y a
pesar del ECO y el aporte que en este sentido nos ofrece el proceso de
la planificación pastoral, quizá hemos perdido un poco de esa
participación y diálogo que caracterizó a nuestra Iglesia en el
proceso de la REC y en el ENEC.
Juan Pablo II tuvo la audacia de cumplir, y con
creces, teniendo en cuenta su estado físico y sus condiciones de salud,
el compromiso de venir a Cuba y de darnos el mensaje que, a su entender,
permitiría a esta Iglesia y a este pueblo retomar en propias manos las
riendas de su destino. Pero después de la visita no supimos qué más
hacer. Nos da la impresión de que no teníamos preparada la respuesta
si se daba, de hecho, lo que se dio: que el gobierno aprovechó la
visita como propaganda exterior y como confirmación interna del statu
quo. Decir que esto era lo que esperábamos no es decir verdad. Sin
embargo, era perfectamente previsible. Lo triste es que, pudiendo
prevenirlo, no fuimos capaces de buscar alternativas, proponer otras
salidas, generar procesos que dieran protagonismo al pueblo y una
esperanza a nuestra gente. Pensamos que el quid de la cuestión reside
en descubrir quién es el destinatario de nuestro mensaje, el verdadero
interlocutor de ese diálogo que estamos proponiendo: el pueblo como
protagonista de su destino, que decide caminar con sus propios pies, que
se organiza y es capaz de luchar con los demás y por los demás...,
"con todos y para el bien de todos". Aquí estamos para
descubrir juntos cómo podemos lograrlo. El silencio de nuestra Iglesia
ante las nuevas leyes represivas y la suerte corrida por los cuatro
disidentes que redactaron "La patria es de todos" es, cuando
menos, preocupante.
El mensaje que demos de compromiso y esperanza de
acción y de optimismo de lucha paciente y de formación constante, debe
nacer de nuestro propio compromiso con la suerte de nuestra gente, de un
análisis profundo de nuestra realidad y de una pedagogía liberadora.
No hay libertad verdadera que no pase por el misterio de la encarnación
y por la experiencia de la cruz. Todos somos responsables. El análisis
del síndrome de indefensión aprendida demuestra que es el trabajo,
persona a persona; que es desde la toma de conciencia personal y desde
el compromiso de cada uno como se puede superar la indefensión. Hay que
analizar los mecanismos, los mensajes, las actitudes que provocan
indefensión. Hay que promover acciones concretas, hay que enseñar a la
gente a pensar y a tener sentido crítico, hay que despertar la
creatividad, generar procesos de participación: Sólo entonces
saldremos del temor y aportaremos lo mejor de nosotros mismos: la
edificación del reino de verdad, justicia, paz, amor, como nos lo
enseña Jesús en las Bienaventuranzas (Mateo 5, 1-12 y Lucas 6, 20-23).
Y como poéticamente lo describe José Martí en su "Rosa
Blanca".